Experimentar en Macondo

En mis divagaciones de madrugada, la teoría económica que alguna vez aprendí toma formas misteriosas y me permito pensarla diferente.

Pienso por ejemplo que el imperativo de industrializarse dio paso a una imagen o narrativa que en mi opinion sirve mucho (o sirvió en buena parte del siglo 20) para países grandes y/o de ingreso medio y/o cerca a países grandes en tamaño o economía, pero que no fue muy útil para la gran mayoría de países en desarrollo en el siglo 20.

Esta narrativa es, en mi interpretación, la idea de que los países en desarrollo van a competir en mercados de productos industriales (léase de productos relacionados con producción a larga escala, manufacturas y fabricas), con productos que ellos no inventaron, con técnicas, procesos y maquinarias que siguen fuera del alcance de muchos, y que necesita una mano de obra calificada, o en estos tiempos artificialmente inteligente, para usarse.

Pido excusas anticipadas por la simplificación y el realismo mágico de mi tierra, pero me surge esta imagen: en Macondo yo no me puedo imaginar una fábrica que pueda competir con las del primer mundo. Lo que sí me puedo imaginar en Macondo es que se aprenda como refinar cosas que se producen allá.

El otro cambio en la Historia han sido las cadenas de valor industriales. Con ellas se logró convertir las partes de productos industriales, que los países en desarrollo pueden producir, en “commodities”, intercambiables e indistintas. Las patentes protegen el diseño y el marketing y solo queda para los países en desarrollo la parte mas débil, la producción, de la cadena de valor. Nuevamente lo que se queda en los países es mínimo. No se agrega valor. Y si no se agrega valor no hay desarrollo.

En este contexto, el llamado que yo hago es a repensar y experimentar, no con toda una cosecha o mina, sino con una porción de esos productos que solo se producen en países en desarrollo y se exportan a precios a granel, e imaginarlos como productos intermedios u, ojalá en algún momento, finales.

Hay muchas maneras de hacerlo y no todas requieren mucho capital, sobre todo si se trata de experimentos. Por ejemplo, hay ejemplos de emprendedores que han logrado crear historias para esos productos, narrativas de amor y orgullo en las redes sociales, para atraer a clientes virtuales como solo ahora se puede: en la pantalla en la palma de sus manos.

Se necesitan legislaciones que apoyen su procesamiento y la narrativa. La Champaña no sería un nombre propio de vino espumoso intransferible si Francia no hubiera decidido que fuera así. Y sospecho que los españoles crearon la cava, y los italianos el prosecco, imitando esa historia.

Ahora bien, muchos países han tratado de cambiar sus condiciones de intercambio con políticas internas, pero en el gran esquema de la Historia, esto ha mostrado ser muy riesgoso. En muchos casos, se ha tratado a gran escala y los socios comerciales han respondido empacando maletas y trasladándose a un país que produzca lo mismo.

Por eso propongo la experimentación, como ya lo han hecho antes otros mucho mas sabios que yo, y el pensar que, aunque se haya intentado antes, las condiciones han cambiado y esa experimentación puede ser el comienzo de algo grande.

Solo aquello que se intenta eventualmente se puede lograr. Y en el camino se aprende.

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